Alicia Llarena

Maifrén dice que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen. Mientras más lejos, mejor. Y también que no hay nada como un viaje para saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez. Mientras más sitios, mejor.



LA PARTIDA

Yolanda Soler

Ambos terminarían por contar, cada uno a su manera, que se habían amado mucho. Tras las primeras conversaciones por teléfono comenzaron a intimar. Sin saber por qué ella pensaba a menudo en su padre.



LOS CHINOS

Nicolás Melini

Los chinos son unos tíos
muy hacendosos
que te venden
un bocata de jamón serrano
a las cuatro de la mañana.




LA LUNA

Juan Carlos Méndez Guédez

Le dijeron que la muchacha tenía una pequeña luna en su pecho izquierdo.
La miró durante todo ese verano de 1982.




HAMLET PARA MÓVILES

Juan Carlos Chirinos


«¡El príncipe está loco!», declaran en la corte bufones que algún día serán ajusticiados: «la causa es que su tío ahora es el consorte de su madre ¡Y dicen que están enamorados!»




DENTRO DEL REGRESO

Ernesto Pérez Zúñiga

No dejo de mirarlos.
En América alguien habitó la mansión.
No dejo de mirarlos.
Alguien, en efecto, permanecía horas y horas contemplando los retratos de sus antepasados, las escenas de granja y de conquista, los jinetes de los páramos y las minas de oro.




_______________


Pedro García Cabrera, una lectura, por Nicolás Melini

Cuentonario2, por Juan Carlos Chirinos

Crisis (en una pantalla táctil), por Ernesto Pérez Zúñiga

La voz que se desdobla, por Juan Carlos Méndez Guédez

MAIFRÉN

Alicia Llarena



Maifrén dice que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen. Mientras más lejos, mejor. Y también que no hay nada como un viaje para saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez. Mientras más sitios, mejor. La verdad es que lo noto cambiado después de esa larga itinerancia que es su vida desde hace años; ya no es el mismo, desde luego, pero tampoco puedo decir que sea otro o que sea distinto. Es como si le hubieran quitado todas las capas a una cebolla y sólo quedara el centro, la pura esencia. No por haberse desnudado tanto deja de ser quien es, sino al contrario, sigue siendo una cebolla. De hecho, es la cebolla misma.

Maifrén era muy madrero, eso decían. Aunque cuando yo lo conocí ya había despegado el cascarón de la familia. El trayecto más largo que había hecho hasta entonces se reducía al ancho de la isla, hasta el extremo más alejado de aquel pueblo del sur donde había nacido y al que, de tanto en tanto, regresaba para asistir a entierros, bodas y bautizos, esos ritos parentales que aún lo ataban con la tierra, a pesar de que su vida se había anclado en la capital. A excepción de esos viajes, los únicos que Maifrén se permitía eran los que iniciaba como lector los fines de semana, un lector insistente, casi compulsivo, convencido como estaba de que el universo entero se reducía a las dimensiones de un libro. No frecuentaba bares ni discotecas, apenas tenía relaciones sociales y mucho menos íntimas, era casi sordo a las llamadas del mundo y éste no se extendía más allá de las paredes de su casa.

A un callejero como yo Maifrén le hubiera parecido un tipo insulso, lo bastante como para no sintonizar ni hacer esfuerzos, pero en su extraña rareza anidaba una ingenuidad tan cristalina que acabó por deslumbrarme. A veces creo que aquella inocencia fue como un reto para mi propia perversidad, un desafío a mi larga experiencia de vividor, y enseguida me sentí dispuesto a evangelizarlo, mostrándole mi propio catecismo de antros y galerías nocturnas de mala reputación. Recién llegado al paraíso universitario en la isla de enfrente, y lejos de todo círculo familiar, Maifrén no tardó en seguirme, asomándose con curiosidad a lo que la vida acababa de ofrecerle. Conmigo tuvo su primera experiencia carnal, bueno, quiero decir junto conmigo y no conmigo exactamente; y también su primera resaca después de una penosa borrachera y sus primeros cigarrillos perfumados con hashis. Casi de un golpe, y en cuestión de meses, Maifrén olvidó la literatura y se hundió de lleno en la realidad.

Pero no fue por mucho tiempo, la verdad. Qué más hubiera querido yo que tenerlo a mi vera como un perpetuo compañero de farras. En cuanto empezó a aproximarse el final del curso se puso serio y aunque yo lo intentara no hubo modo de apartarlo de la rutina universitaria. Cierto es que Maifrén no necesitaba demasiado para acumular sus notables en el expediente académico, pues sus años de lector insaciable le habían provisto de un bagaje que ya hubiera querido para sí cualquier aspirante a filólogo. Yo, en cambio, no había sobrepasado aún el primer capítulo de El Quijote y si me hubieran preguntado quién era García Márquez hubiera dicho que algún alumno matriculado que no asistía mucho a clase. Nuestros caminos empezaban a dividirse y yo era incapaz de evitarlo, entristecido por una súbita nostalgia que ni siquiera había previsto. El más listo del barrio parecía haberse contagiado de aquel alma instruida y cándida, como un cazador cazado que al contemplar su pieza se diera cuenta de la banalidad de su aventura, y de la belleza magnífica del animal que yace entre sus manos.

Porque Maifrén era así, un ser que formaba parte de otra estirpe, educado y humano, culto y sensible, espiritual incluso, refinado en modales y exquisito en su pensamiento, transparente como la honestidad y sencillo como el rocío, un dechado de virtudes que nada tenían que ver conmigo. De esto me di cuenta, sobre todo, cuando acabó enamorándose de María, una mujer que le aventajaba en edad y con la que —así me lo confesó textualmente— había descubierto la poesía. Si he de ser sincero, la tarde en que me lo dijo me reí a carcajadas y le solté un rosario de instrucciones, “qué sabes tú de mujeres, Maifrén”, “lo que tienes que hacer es llevártela al huerto, pero ya mismo”, “¿Y mayor que tú?, ¡uf!, ésa lo que quiere es lo que tú y yo sabemos”, “si es que eres un tontaina, déjate de poesía, fragilón, que para eso ya tienes a tus autores favoritos”. Ante esta batería de advertencias lo único que hizo Maifrén fue guardar silencio y mirarme como se mira a quien se da por imposible. En cambio yo me arrepentí de mis palabras. Y sentí envidia, no sólo porque a mí jamás se me encenderían los ojos como se le habían encendido a Maifrén, llenos de luz, radiantes e infinitos, sino porque la única verdad en todo esto es que el más listo del barrio sólo era un tonto incapaz de amar, un frívolo divertido que, en el fondo, quizás no nadaría nunca en el misterio abundante de una mujer.

Con todo, la amistad entre Maifrén y yo siguió adelante. Él siempre me agradeció que lo sacara de la letra impresa y lo llevara hacia el alfabeto del mundo, o que le convirtiera la narrativa en novela, como él decía. Nunca olvidé su frase preferida, la que aún tengo clavada con chinchetas a la entrada de la casa: “Para leer ya tengo libros, para vivir, el universo entero”. Y tampoco, claro, las cosas que él me enseñó a mí, y las que aprendo todavía cada vez que hablamos por teléfono. A día de hoy, el único pero que le pongo a vivir en este archipiélago es ése, que Maifrén me queda lejos, justo en la isla de enfrente, a hora y media de barco o a treinta minutos de avión, poco tiempo pero un océano profundo de por medio, el suficiente como para separarnos durante meses y a veces durante años, liados como estamos siempre entre sus ocupaciones y las mías. Yo sólo puedo cruzar el charco entre semana, y sólo en temporadas bajas, es lo que tiene trabajar en la hostelería. Y él sólo puede cuando puede, o sea, si no está en algún lugar del planeta dando cursos o conferencias, o firmando autógrafos en las campañas de promoción de sus libros de ensayos. “Una vida muy agitada pero interesante”, me dice a menudo, “no sabes tú lo que he aprendido y cómo se ven las islas desde lejos”.

Ésa es una de las cosas que me fascinan de Maifrén. No me refiero a sus éxitos, que son muchos, sino a la visión que ahora tiene del mundo. Parece mentira, el que no había salido de las cuatro paredes de su casa le da lecciones al más listo, y qué lecciones, con esa hondura que le da su inteligencia, y esa gracia que tiene para contar las cosas, y esa mezcla de erudición y mundología. A mí me encanta especialmente cuando regresa de sus viajes y se muere de la risa contando anécdotas, porque a menudo me ponen en mi sitio, a mí que no he salido aún de este archipiélago y ando siempre con el lamento bajo el brazo, renegando de todo como si no viviera en el paraíso. La vez que fue a Girona, por ejemplo, me llamó desde allí mismo. A Maifrén siempre le pasan cosas raras en sus viajes, aunque yo creo que las cosas lo buscan porque él si sabe apreciarlas. En plena calle principal se encontró con un grupo de isleñas, funcionarias de la administración pública que se habían desplazado a la península para uno de esos cursos de actualización voluntarios. “¿Pero esto es Girona?” —gritaba una de ellas—, “yo creía que era otra cosa”. “Perdón ¿Y usted qué esperaba?”, le preguntó Maifrén. “Pues no sé, otra cosa, más grande, con más vida, con más marcha, qué se yo, pero si esto es menos que Las Palmas”. “¿Y qué creía que iba a encontrarse?”, insistió él. “Es que como toda la vida he oído decir Girona y Girona y Girona,…yo pensé que en la península todo era más grande”. Tiene razón Maifrén, hay que ver cómo se sobredimensionan las cosas desde esta orilla, “por eso hay que salir”, me dice siempre, “mientras más viajes más querrás a tu perro”. Por supuesto, yo fui incapaz de decirle que, de haber estado allí, habría reaccionado igual que aquella muchacha.

Maifrén es un todoterreno, tanto le da Estambul como Ámsterdam, Cádiz como Orense, Europa como África, aunque es verdad que siente debilidad por América, “América la latina”, puntualiza. En todas partes encuentra cosas interesantes, motivos para volver a los lugares que visita y, más que nada, motivos para amar el lugar donde vive. Cada vez que regresa y me cuenta, con ese apasionado acento que pone en relatar lo vivido, siempre pienso lo mismo, que me gustaría ver el mundo a través de sus ojos, qué paradoja, él que empezó a ver el mundo a través de los míos. Sólo hay pequeñas cosas que lo incomodan, cosas poco importantes, pero muy significativas según su punto de vista. Y yo que lo conozco bien sé que su perspectiva no es la de cualquiera, nunca he conocido a nadie con esa vista de halcón, tan perspicaz para sacar petróleo de un mínimo detalle, ni con esos ojos de águila para apreciar lo cotidiano desde una altura casi metafísica.

Me explico, Maifrén dice que el mundo está pasando por un cambio tan radical que los flujos migratorios cambiarán el rostro de las ciudades y del planeta en cuestión de décadas, tal vez menos. Y debe ser cierto, porque aquí llegan pateras ilegales a mansalva y eso sin contar con los que entran en toda regla y luego se instalan en la isla. Yo que trabajo en la hostelería lo sé mejor que nadie, que casi todos mis compañeros son de Ecuador o de Colombia y ya hasta me cuesta encontrar mi propio acento. Sin embargo, a Maifrén le indigna que a pesar de todo la gente se muestre arisca y hasta grosera con este asunto. Creo que no lo dice sólo por esas acaloradas declaraciones que se escuchan cada día en los bares o en las mesas de cualquier cafetería, palabras llenas de xenofobia que intentan poner freno a la avalancha de inmigrantes. Maifrén lo dice porque además lo vive en carne propia, y en su propio país, que es lo más grave. No les he dicho que mi amigo tiene la piel morena y un cabello tan negro y unas facciones tan sureñas que fuera de aquí bien podría pasar por un árabe o un americano de “América, la latina”. Y que en cuanto llega a Madrid, sin ir más lejos, con ese acento seseante que tenemos los isleños, tiene que andar explicándose a cada paso, “que soy español, hombre, de las islas Canarias”. “No te imaginas —me dice— lo desagradable que resultan las malas caras que me ponen cuando se piensan que soy de fuera”. Debe de ser triste, sí, que no te reconozcan en tu casa. Y parece que a los de aquí nos tocó el muerto, porque yo por lo menos, que no he salido nunca, sé distinguir perfectamente a un andaluz de un gallego.

Ahora que lo pienso, por eso debe ser que a Maifrén le gusta tanto viajar a “América, la latina”. Yo suponía que es por la música, porque le encantan los boleros, y los mariachis ya ni les cuento, y los tangos y la música brasileña y los ritmos caribeños. Y porque si le ponen delante una tortilla de maíz o unos tostones, un arroz congrí o un chile en nogada se vuelve loco, que no sé ya ni cuántas recetas me ha enviado por email para que las pruebe. Pero no, debe ser porque allá los isleños parecemos del país y entre el idioma y el acento es como si uno estuviera en casa. Bueno, también lo otro y todo lo demás, los novelistas y los poetas, las ciudades coloniales, la belleza del paisaje o el carácter de la gente, pero por encima de todo debe gustarle el hecho de sentirse semejante. Debe ser cómodo estar tan lejos y sentirse cerca.

Aunque no siempre resulta tan agradable, “que no todo es blanco o negro”, como me dice Maifrén a cada rato. “Con lo que a mí me gusta México —me contó la última vez— y mira si no habré ido un montón de veces y todavía no me acostumbro a que me traten como a un gachupín, un español, vamos, para que me entiendas”. Pues aviados estamos entonces, pensé para mí, si en Madrid te hacen ascos por latino y en “América, la latina” por ser de este país. A fin de cuentas, voy a acabar pensando que sí, que sería bueno que haya un poquito de todo en cualquier parte hasta mezclarnos por completo, que la política y los discursos están muy bien pero lo que contagia es la realidad. Como los chinos, que empezaron a caerme en gracia cuando probé el cerdo agridulce. O como los libaneses del Oriente Próximo, a los que dejé de mirar de reojo después de comer tabbule, con lo que a mí me gusta el sabor intenso del perejil. ¿No dicen que a los hombres se nos conquista por el estómago? Bien mirado, a los que, como yo, no salimos del terruño, nos vendría bien que vinieran los demás, de todas partes, para vivir en carne propia lo que dice Maifrén, que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen y saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez.

LA PARTIDA

Yolanda Soler Onís



Ambos terminarían por contar, cada uno a su manera, que se habían amado mucho. Tras las primeras conversaciones por teléfono comenzaron a intimar. Sin saber por qué ella pensaba a menudo en su padre.

Huérfana desde niña, recordaba muy pocas cosas del padre, que era español y que jugaba al ajedrez de memoria con un compañero del servicio militar durante los eternos desfiles de la Victoria. Partidas sin tablero, ni piezas, ni reloj… -“Apertura italiana, inglesa con Defensa siciliana.” -, que fuera cual fuera la variante terminaban siempre igual.

Él tenía nombre de ángel, como todos los hombres que ella había amado menos uno. Se conocieron en un cruce de expedientes Madrid/Roma - que tácitamente decidieron no resolver- algunos meses antes de que él se casara con una bella mujer con la que había jugado al escondite desde la infancia.

Cuando él descubrió que vivía pendiente de aquellas llamadas, viajó a la casa familiar de todos los veranos en un lugar próximo a la frontera, y anduvo haciendo eses por el borde una semana. Finalmente compró un billete para Fiumicino, y hablaron mucho del encuentro y de los días que compartirían. Ella preparó la casa, compró velas aromáticas y planchó las sábanas como corresponde a un amor que comienza.

La víspera del viaje él llamó para decirle que no se atrevía, y que regresaba a Madrid. Pese a todo, ella se vistió como si fuera recibirlo. Aquella noche al volver a su apartamento pensó:¿jugará al ajedrez?: Apertura española - murmuró recordando a su padre- …y tablas.



Alicia Llarena (Mogán, España, 1964). Doctora en Filología Hispánica, ha pulicado, entre otros, Fauna para el olvido (Premio Internacional de Poesía Ciudad de Santa Cruz de La Palma, 1995), Última generación del milenio, Impresiones de un arquero y Ajuste de cuentos (1982-2007). Sus poemas y relatos forman parte de volúmenes colectivos y antologías como Poetas sobre el Volcán; Última generación del milenio; Reincidencias, Cuentos de la Atlántida (Antología del cuento canario actual) y Canarias. Kanarisches Lesebuch. Ha sido poeta invitada en los Festivales Internacionales de Poesía celebrados en Las Palmas de Gran Canaria, y en la Casa Jaime Sabines de la Ciudad de México.



Yolanda Soler Onís (Comillas, España, 1964). Es licenciada en Filología hispánica, escritora y periodista. En 1971 se traslada con su familia a Canarias. Vive en Lanzarote. Obtuvo en 1986 los premios ‘José Hierro’ de Poesía y ‘Ciudad de La Laguna’ de Novela; y en 2002 el ‘Premio Tristana’ de Novela con Malpaís (DVD ediciones, 2003). Ha publicado las novelas Una Sombra en el desván (1992) y La Cueva de Lezama (1995), y -entre otros- los poemarios Sobre el ámbar (1987), Memoria del agua (1997) y Mudanzas. Es autora de diversos textos didácticos, como José Hierro para niños (1998) y José Hierro: Geografía Mítica (2003). También aparece dentro de la colección de antologías poéticas 'Plenilunio' con el título Memorias del agua y otros poemas (Tenerife, 2003).

LOS CHINOS

Nicolás Melini



Los chinos son unos tíos
muy hacendosos
que te venden
un bocata de jamón serrano
a las cuatro de la mañana.
En cualquier esquina...
Se ponen
ahí
adorables,
sobre todo cuando vuelves
a casa
con una copa
de más o de menos y
les dices
que quieres uno, pero
con tomate, y
ellos
no te entienden y tú
repites

tomate, tomate

hasta
que por alguna razón
(nada
que ver con
la palabra que dices
y tu insistencia)
sacan
un
bonito
tomate rojo de
una bolsa
de plástico y
empiezan
a cortarlo en rodajitas
casi perfectas.

En Sol
hay una china
de unos treinta y
pico
que está
muy bien
y tiene
unos ojos rasgados
increíbles que
lo saben todo
de ti y
de la vida.

LA LUNA

Juan Carlos Méndez Guédez



Le dijeron que la muchacha tenía una pequeña luna en su pecho izquierdo.
La miró durante todo ese verano de 1982.
La contempló en la piscina con su bikini rosa.
Bailó con ella y trató de adivinar su escote.
Intentó leer entre la blancura de sus camisetas.
Cuando agosto comenzó a desfallecer en el cielo, a extraviarse en un repentino aire gélido, abrazó a la muchacha entre los árboles del club y la desvistió en silencio.
Por eso intuye que las palabras tienen más peso que la realidad de una figura.
Ahora no recuerda esa luna tiñendo la piel de un seno desnudo. No puede describir su luz redonda. No sabe si llegó a beber, a intuir entre sus dedos ese círculo pálido.
Sólo recuerda que le dijeron que aquella mujer tenía una pequeña luna en su pecho izquierdo.

HAMLET PARA MÓVILES

Juan Carlos Chirinos



[sms001] «¡El príncipe está loco!», declaran en la corte bufones que algún día serán ajusticiados: «la causa es que su tío ahora es el consorte de su madre ¡Y dicen que están enamorados!»

[sms002] Me estoy metiendo un dedo. Hoy no puedo sentir nada, debe ser la botella de vodka de anoche, la hojilla que se hundió en mi yema esta madrugada o la antigua picana del general. Tú sabes cómo es. El general.

[sms003] «La noche silenciosa cual trampa misteriosa, alitera la sombra del padre asesinado; el joven temeroso se acerca hasta la sombra y allí le es revelado el secreto.»

[sms004] El otro día me levanté una teta hasta los ojos. No sabía que pudiera hacer tales malabarismos. Quién lo diría. Resulta que, si aprieto con firmeza, del pezón sale un líquido cristalino y viscoso. Y no es leche, te lo puedo asegurar. ¿Supuro? El líquido rojo que se desliza por mis piernas es grumoso, como si el cerebro se escapara derretido por alguna forma extraterrestre de calor. No es agua y mucho menos leche. ¡No me gusta ser líquida por todos lados!

[sms005] «Consternado, regresa hasta su madre y le advierte cauteloso que en medio de una fiesta y gran algarabía, su sangre envenenada se mezclará con otra.»

[sms006] Para qué voy a mentir. Esta mañana me dieron otra paliza. Pero, como recompensa, luego pude comerme un helado de los que tanto me gustan. No debo portarme mal. No saco nada con ello.

[sms007] «La madre, sin embargo, se entrega meretriz con gran altanería a quien junto con ella tendrá final famoso.»

[sms008] Cuando salgo por la fruta, siento que el camino hacia la tienda es justo la cantidad de libertad que necesito. Mi casa, mi sagrada casa.

[saldo insuficiente]

DENTRO DEL REGRESO

Ernesto Pérez Zúñiga



1
No dejo de mirarlos.
En América alguien habitó la mansión.
No dejo de mirarlos.
Alguien, en efecto, permanecía horas y horas contemplando los retratos de sus antepasados, las escenas de granja y de conquista, los jinetes de los páramos y las minas de oro.
Eso fue hace mucho, mucho tiempo.
Pero yo, después del entierro, me detuve ante la fachada.
Una mujer negra me abrió la puerta y, tras invitarme a una taza vacía en la cocina, me contó la historia de alguien. Luego me llevó hasta un ancho pasillo donde colgaba el retrato, que presidía el resto de los cuadros.

2
La mujer negra untó mis ojos con una pomada de efecto inmediato: me pude internar dentro de mí mismo, aquel lienzo, y del resto de los lienzos, y los perros de caza y los bisontes cobraron vida.
Estreché la mano de aquel tatarabuelo que tenía una cicatriz de cuchillo en la cara, pero no me habló. Cerca de la mina de oro unos niños, que tendrían 150 años, no dudaron en dirigirme la palabra. Los niños todavía no tienen prejuicios, todavía no acumulan malhumor.
Recorrí y recorrí la postpresencia de los antepasados, y supe que yo era un fantasma para ellos tanto como ellos lo eran para mí. Nos fascinamos los unos a los otros, figuras de la muerte o de la vida en plena confusión.
Desde entonces, ha sido la sal de la tierra, sal del agua y, por tanto, sal de los pigmentos, entrar en los cuadros.

3
Sueño que soy la mujer negra. He soñado que yo era aquella guineana grande y hermosa, con los huesos molidos, que cuidaba de mí y me enseñaba a cuidarme de los malos espíritus. Aprendí mal.

4
Aprendo. Desaprendo. Desaprendo y aprendo, preso y libre en los cuadros.
No dejo de mirarlos.

PEDRO GARCÍA CABRERA, UNA LECTURA

Nicolás Melini



Si tuviese que resumir la poesía canaria del siglo XX comenzaría con el poema “Liverpool”, de José María Millares, y tal vez acabara con el joven poeta Melchor López y su “El estilita”; ni lo uno ni lo otro, estoy casi seguro, sería compartido por muchas personas. Pero de emoción estamos hechos, y en mi caso ganaron algunos libritos y plaquettes de poemas hiperbreves, entre los más recientes: “Apócrifos de Catulo”, de Lázaro Santana, “Del amor”, de Luis Feria, o “Viajero Insomne”, de Arturo Maccanti. Por no resultar demasiado selecto, incluiré a Manuel Padorno, especialmente “Desnudo en punta brava”, y a José Carlos Cataño, “En tregua”. Tengo para mí que de haber leído tan sólo estos libros, la poesía canaria me resultaría extraordinaria, inmejorable. Si sólo estos, u otros (cualquiera que fuese el canon) hubiesen conseguido destacarse… Pero es cierto que en las islas no resulta sencillo establecer una jerarquía de calidades. Los medios de comunicación —por torpeza, desinterés o escasez de medios—, no colaboran demasiado al respecto, y el lector debe atreverse él solo a desbrozar el millo de la paja.

Sin embargo, este es otro asunto.

Lo importante es que caigo ahora en la cuenta de la rabiosa modernidad de las obras y los autores antes reseñados —Millares, Feria, Maccanti, Padorno, Cataño, el mismo Melchor López—, y eso es precisamente lo que más me ha llamado la atención de la obra de Pedro García Cabrera. Por ejemplo, el poema 5 de “Transparencias” (libro de 1934).

5
viaja el viento
sin equipaje
y sin carnet de identidad.
sólo un pijama de cristal.
y sin recuerdo
de cuando fue sirena de navío,
bocina de automóvil
o suspiro.
blanca mudez total.
kodac ciego. Contraseña
del frío.
por la hondura del agua
huye su entierro.

Son estos los libros de Pedro García Cabrera que más me atraen, aquellos como “Líquenes”, “Transparencias fugadas”, “La rodilla en el agua”, “Dársena con despertadores”, “Entre la guerra y tú”, “Hombros de ausencia”, “Entre cuatro paredes”, “La esperanza me mantiene”.


SOLILOQUIO DE LA MAR
Hoy me acerco a vosotros con tristeza.
El color de madrigal de mi frente,
mi alegría de cabellera despeinada,
no alimentan ocasos violetas
ni pestañas de luto
ni corazones rotos en desvanes.
Heredé de mí misma la costumbre
de estar siempre dispuesta a lo que salga:
el salmón de la luna o el riesgo de la muerte,
la noche del odio o el bandazo del horizonte.
Temo a los que aún no saben amarme,
a los que ponen sus temores
bajo el signo de las lágrimas.
Si de algo os acuso es de haber olvidado
mi rompiente manera de llorar.

Todos estos libros suyos son muestra indiscutible de que Canarias y el poeta están en vanguardia, así como de que éste ha estado en primera línea de influencia de lo que se cuece en poesía. Ha sido deportado al norte de África y, evadido de su cautiverio en un campo de concentración, ha alcanzado Dakar y después España, algo que narra espléndidamente en su única novela corta: “Las fuentes no descansan”, y también en libros de poemas como “Romancero cautivo”. Porque encontramos en él, en su afán poético, la crónica de su tiempo, pero de su tiempo íntimo, del transcurso vital; sobre todo allí donde el desgarro de la expulsión y el confinamiento.

He citado su única novela y no puedo evitar formularme la pregunta: qué hubiese sido del escritor si se hubiera adentrado aún más en el ámbito de la prosa. A su disimulado afán de cronista se suma en este único ejemplo completo de narrativa una capacidad narradora sorprendente. Cuenta con vigor, sin desfallecimiento, hacia delante, con frases precisas y esencialmente narrativas. Sin embargo, en sus últimos tiempos, prefirió la poesía más popular, tan del gusto de sus congéneres; el canto a su tierra. No sé si será exagerado decir que Pedro García Cabrera y su poesía es a las islas —aun salvando las distancias— lo que Whitman y sus “Hojas de hierba” a Norteamérica. No me extrañaría que algunos lo sintieran así.

Poco importa, aunque siempre cabría preguntarse si realmente lo es por su poesía más vanguardista. No obstante, pienso ahora que no nos resultará ajena esta combinación de vanguardia y populismo en un coetáneo de Federico García Lorca y Rafael Alberti, y, en cualquier caso, no es su ubicación en la historiografía literaria en lo que me gustaría profundizar, sino revivir aquí lo que verdaderamente me impresionó de su poesía.

A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.

Domingo Pérez Minik nos recuerda al poeta García Cabrera, aún con pantalón corto, escuchando esta bellísima copla “sin saber muy bien lo que quería decir, pero bien dispuesto desde aquel momento a meter la mano en el agua, hasta encontrar algún día una naranja verde o madura que calmara su sed”.

La primera vez que yo escuché esta copla corría el año de 1991. Tenía, pues, apenas 21 años, y acababa de publicar mis primeros poemas sin tan siquiera alcanzar a comprender la responsabilidad que ello conllevaría. El televisor emitía los apocalípticos discursos de Bush, previos a la guerra de Irak; y en Santa Cruz de La Palma, un pequeño grupo de personas relacionadas con la cultura, encabezadas por la pareja constituida por Antonio Abdo y Pilar Rey, nos citamos en la calle Real, de noche, en vigilia, con unas velas encendidas y unos versos de Pedro García Cabrera para recitar. Era el fruto más directo de aquella copla, que, si no recuerdo mal, los oficiantes habían decidido —con tanto acierto— repetir a modo de letanía entre poema y poema de “La esperanza me mantiene”.

A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.

Una y otra vez:

A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.

Caminábamos juntos con las velas en nuestras manos sobre el empedrado de la calle Real:

A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.

Con los discursos de Bush bien presentes, repitiendo una y otra vez, como una letanía, la copla, al final y al principio de los versos de Pedro García Cabrera de poemas como:

A LA MAR FUI POR LA PAZ

A Luc Peire y Jenny




Tú, mar,
que dejas en los zapatos de la arena
los más insospechados reyes:
el vientre terso de una mujer redondeando en los callaos
un mundo con escorzos de pan y miel de abeja;
las nerviosas terminaciones de algas y rutas
mesándose los cabellos con soledad de luces de faro;
un trozo de silencio de las profundidades
con la mascarilla de la ahogada frente de un amigo;
el resuelto crucigrama de una estrella de mar;
un monumento de rumores para los que lloran de ira:
la alianza con que el agua
sella los esponsales del color con el cielo,
viviéndose distantes
para recibirse en las posadas nocturnas,
bebiéndose los vientos
y la verde manzana del horizonte prohibido.
Pero no son estas alegrías las que ambiciono hallarme,
no es la botella donde el azar navega a la deriva.
Lo que busco es un sueño de paz y asalmonada luna,
que la luz sea igual para todos los hombres,
y aun para los grillos y las nieves,
para los sembrados y los rascacielos.
Que no se rescate un olmo con arroyos de sangre,
ni se profanen palomas con mensajes de odio,
ni me quemen la casa con ramajes de olivo.
Por las piedras tostándose bajo un sol de justicia,
por la garganta de pájaros de los amaneceres,
por el libro que lee mi hermano antes de acostarse,
por los pastores que cuidan los rebaños,
por las amapolas que guiñan los ojos a los trigos,
por las cacerolas que cuecen las legumbres,
por los frutales que plantó mi padre en Tacoronte,
por los abanicos de la lluvia y el corazón de las hogueras,
por la piel de granizo de mi esposa,
por los caminos que llegan saltando de júbilo a las playas,
por los labios que saludan y los pañuelos de las despedidas,
por la aurora que rompen los niños con el primer juguete,
por los escaparates con el tiempo que anuncian los astrónomos,
por el ladrón que roba su hambre a los demás,
por el alma clavada en la presa del miedo,
por la ceja depilada de un vuelo de golondrina,
por el sello que pego en mi álbum
y la fuente en que duermo,
por la buena memoria de las islas,
por la plaga de olvidos de los continentes, por las
cartas a lápiz que escribe mi primo,
por los que tienen la palabra amarrada en la boca,
quiero hallar en la arena un sueño de naranjas
que sea paz de estrella en los hogares,
paz de mano derecha y de mareas vivas,
paz que nos haga dignos de recoger las mieses,
y de comer las frutas, y de beber el vino.
Una paz que no tema las centallas del crimen,
que no pueda arrancarme de los labios que amo,
que no ponga en mis manos las armas del infierno,
y que no me avergüence de las aguas que cantan,
de las alas que vuelan y de mi propia sombra.

Con la mano en la mar así lo espero.

CUENTONARIO2

Juan Carlos Chirinos



/Dice Kadaré a un periodista: «la gran literatura es más fuerte que las tiranías. Los escritores que practican este oficio por casualidad no pueden entenderlo. Un autor de verdad tiene una visión del mundo propia y no hay cosa que pueda molestar más al totalitario que tener una visión del mundo que sea la suya. El ejercicio de la escritura implica individualismo...». Sospecho que hay un error en la transcripción de sus palabras, pero así es más perturbador. palopalomalo: es mi respuesta que me recuerda la libertad (y el juego) que practicaban Cortázar, Huidobro, Girondo, Hernández, Beckett y, antes de entregarse a la barbarie política que los consume, algunos buenos novelistas de mi país.

/El buen cuentista hace sus deberes temprano y antes que todos. O nunca.

/El buen cuentista madruga. Se acuesta tarde. No duerme.

/El buen cuentista está lleno de odio y destila amor.

/Oigo en un recital de microcuentos Cuerpo de mujer, un relato de Akutagawa inquietantemente parecido a las cosas de Kafka: ¿se desplazan las ideas literarias como los virus, o hay un poso común universal en el que abrevan todos los (grandes) escritores?

/Meme: recordar esta palabra. Es la cola que une un relato.

/También recuerdo que García Márquez argumenta con debilidad, para sus tristes putas, un homenaje voluntario a Kawabata. ¡A ver si es que Occidente se endeuda con Oriente no sólo por dinero!

/¡Yo también escribo cuentos así!, reclama el que se inicia, creyendo que la cosa es más fácil de lo que parece. (No nos engañemos: escribir es fácil; lo jodido es sacar las ideas de ese marañón de neuronas).

CRISIS (EN UNA PANTALLA TÁCTIL)

Ernesto Pérez Zúñiga



Lo siento: para los escritores las crisis no siempre son económicas, acaso solo y siempre en el fondo.

Asisto en los días pasados a una mesa sobre la literatura y el blog y se dispara el mecanismo de la desazón moderna. Desapareciendo el papel, ¿debo seguir escribiendo del mismo modo?

¿Desaparecerán los editores, humo de un pasado ardido en celulosa? ¿Serán ellos los espectros de la era digital, futuros duendes traviesos de nuestros manuscritos colgados en Internet? Me acuerdo de Jorge Manrique y una vez más me pacifico.

Sobre todo me preocupa nuestra responsabilidad como creadores de nuestro tiempo. Mudados los formatos, hasta qué punto tiene que cambiar nuestro lenguaje.

Imagino enseguida una narración con barcos, que cruzan por la pantalla navegando entre las líneas. Imagino diálogos donde todas las acotaciones descriptivas desaparecen, sustituidas por sonidos grabados en restaurantes, puertas que se cierran, platos rotos. Visualizo una fotografía de Penélope Cruz niña, antes del Oscar, que salta de un vínculo sabiamente colocado al final de una pregunta como la siguiente: “¿Sabes en quién pensaba mientras tomaba a solas un gintonic en el bar?”.

Después, me pongo a leer, me pongo a escribir. Recuerdo la literatura que me gusta: cantada por los antiguos, tintada en los códices, impresa después, flotante en electrones ahora. La literatura hecha de palabras no sé si solitarias, esencialmente palabras que vienen de un lugar de la mente y van a otro lugar de la mente, literatura amada y cambiante, palabras que vuelan dentro de las células antes de ser escritas para ser leídas, creadas en cada época con mejor o peor carácter, literatura que me constituye tanto como la carne y como la sangre.

Entonces, al conocer el límite responsable de la renuncia, el límite de los posibles hallazgos, mi preocupación desaparece. Las posibilidades de expresión del lenguaje escrito seguirán intactas, mejor dicho, se seguirán ampliando. No sustituiré palabras por sonidos ni rugidos. No cambiaré una descripción por una imagen o por un video (a menos que quiera seguir los pasos del viejo Ramón Gómez de la Serna: por qué no, a veces, divertirse con la alquimia de géneros).

Pero, no importa en qué formato pueda publicarse -escribo ahora sobre una pantalla táctil-, mañana voy a escribir una larga novela sólo hecha de palabras.

LA VOZ QUE SE DESDOBLA

Juan Carlos Méndez Guédez



La madrileña Editorial Escalera acaba de lanzar al mercado el libro de Silda Cordoliani: La mujer por la ventana. Este es el pequeño prólogo que preparé para esa edición.

Tiempo atrás descubrí que al intentar recordar un cuento de Silda Cordoliani fusionaba imágenes de dos historias distintas. Dos imágenes poderosas que me sumergían en el mutismo, que me hablaban del dolor, de rostros mustios, de mujeres ensimismadas, de hombres en la búsqueda de un nuevo sentido. Sin pretenderlo, aquellas dos narraciones habían establecido dentro de mí una continuidad, un pequeño hilo como el de esas telas de araña que sólo son visibles cuando el sol las roza por instantes.

Ocurre eso cuando la voz de una escritura configura un universo propio. Un universo entretejido, trenzado en la precisión de sus detalles y sus posibles derivaciones. Porque los relatos de Cordoliani saltan como fogonazos que iluminan brevemente un escenario común: personajes que se debaten entre sus frustraciones, sus mínima victorias, sus incertidumbres y certezas; personajes que en este volumen casi siempre son mujeres que hablan de sí mismas o que centran el relato de una mirada que las circunda. Porque Cordoliani hace posible leer a la mujer. Tipos diversos de mujeres que no irrumpen con la monocromía de esa narrativa que se aferra a los tópicos, a los lugares comunes más o menos desfasados de nuestros discursos más obvios.

Este brillante libro consolida en cada uno de sus textos esta idea fundacional. De allí que el primero de sus relatos se abra con una pregunta: una especie de regalo en el que vibran la incertidumbre y la invitación a los lectores para que participen de este universo. Veremos la mujer como posibilidad, no como discurso cerrado. De hecho, este texto inicial, en su asfixiante y deliciosa convocatoria a la incorporación del lector, va desmontando una a una las hipótesis más obvias que el personaje principal pueda evocar en nosotros.

Esa necesidad de reconstruir, de escribir una mujer desde un ámbito profundo configura una narrativa de una movilidad incesante. Eso tal vez explique el relativo desdoblamiento de las voces de muchas de estas historias. Voces que están dentro, que están fuera, que entran y salen con la textura escurridiza del mercurio. Porque esa movilidad permite que la tensión del cuento mantenga su agitada respiración.

Pero no son sólo las voces que nos cuentan estas historias las que se desplazan de uno a otro punto: las situaciones también oscilan; una mujer se mueve entre la llamada del mar y la tibieza de su vida en familia; otra parece establecer un movimiento pendular entre sus dos hijos, o entre la cordura y el horror de una psiquis extraviada. Un hombre duda entre sus deseos más domésticos y la presencia de un enigmático personaje llamado Talud. El territorio de estos relatos se mueve siempre con el delicioso temblor de lo que no acepta la rigidez de una respuesta única.

Cordoliani consigue con estos relatos, que ese renacer que somos cuando entramos en los márgenes del “mundo escrito” al que se refería Ítalo Calvino, suceda como transformación palpable en cada uno de nosotros. Como toda gran literatura, estos cuentos consiguen que seamos alguien diferente al que inició su lectura.

Por todas estas razones, y con cuentos como el fragmentario y brillante: “Recuerdo de París”, una joya construida sobre visiones múltiples en las que el deseo, las omisiones y la memoria construyen sus más contradictorios y complementarios argumentos, Silda Cordoliani se convierte en una oportunidad festiva para que el lector confirme el lugar sólido del que esta escritora goza desde hace años en la narrativa contemporánea de América Latina.


DESINVENTANDO EL MUNDO

La noche de Morgana
Jorge Eduardo Benavides
Alfaguara, 2005
|176p.|14,90euros|ISBN:8420467340|

Un libro que mañana leeré será viejo hace mucho tiempo, mientras La noche de Morgana seguirá siendo nuevo. Hay que reinventar el mundo, me digo, la buena literatura nos da las claves para hacerlo.

Es el caso que nos ocupa. Supongo que a muchos nos hartan los muy frecuentes cuentos que repiten estructuras, bien supuestamente ingeniosas, bien archisabidas. Leemos a menudo relatos cuyas caras nos suenan. Y, cuando el cuento viene vestido a la última moda, el traje no oculta que el rostro sigue resultando conocido. Cuánto mal ha provocado el dinosaurio sin saberlo.

Sin embargo, la naturalidad de ser auténtico hace de cada buen relato un gozo de lectura. La noche de Morgana depura esa sensación, clava una bandera en la luna de la literatura actual en español.

Creo que la razón estriba en la mezcla de sabiduría y madurez que impregna cada pieza: la manera ágil de narrar con una prosa pulida y moderna, el poder simbólico de la historia que se nos cuenta, la gracia perversa con la que el narrador va ocultando las trampas en las que el lector va a caer. La maestría de la escritura indivisible de fábulas que se levantan vivas dentro de los ojos del lector.

Aunque no me gusta hablar de géneros (pues en la escritura contemporánea van tan mezclados como aguas de afluentes en su río), resuenan en este libro algunos ecos de los renovadores ya clásicos de la literatura fantástica. Escucho el desolado humor kafkiano en la historia narrada en Fracasado social, fábula lúdica y lúcida sobre el trabajo en nuestra sociedad, de estirpe similar al Ensayo sobre la ceguera de Saramago, pero superior a él en su talento para expresar una problemática compleja y moral en muchas menos páginas. También encuentro el Axolot de Cortázar, a mi juicio uno de los relatos canónicos de la inquietud, en el relato titulado El Ekeko, con una vuelta de tuerca técnica dificilísima de ejecutar, cumplida perfectamente por Benavides, que renueva uno de los arquetipos más sabrosos de la literatura fantástica: el espejo y el autómata como resquicios quebrados de la identidad humana.

Un buen ejemplo de la técnica que utiliza Benavides para urdir sus historias lo podemos encontrar precisamente en Cosas de niños, construido a partir de repeticiones casi invisibles que van descorriendo la cortina de una trama perversa que nunca se nombra. Y digo “precisamente” porque el autor de este libro ejecuta en apariencia su tácita pero punzante estructura como su propio título indica.

(Me acuerdo, a propósito, del relato que da título al libro, La noche de Morgana. Todavía me parece estar caminando dentro de él, como dentro de un cuadro de Hopper pero por las calles que en esos cuadros no se ven, unas calles malditas y vacías, donde el que vuelve a casa se encuentra absolutamente perdido entre las aceras desquiciadas de la sociedad y el alma.)

Pero la historia maligna entre todas, la puerta de salida del libro, es el relato El Ulysses de Joyce, que todo escritor debería leer, donde conocemos a un personaje inaudito, una especie de antónimo del Bartleby de Melville, obsesionado por su quehacer, inaudito pero familiar, cercano, mon semblable, mon frère, rechazable, contrario, vecino de nuestras ciudades y de nuestros propios escritorios.

Jorge Eduardo Benavides hace un favor al cuento contemporáneo con este libro comprometido con la literatura y con nuestra época, alejándose de esquemas impostores y aprendices, elaborando historias impecables y profundas que nos hacen disfrutar de una gran escritura a la vez que nos mina de preguntas. Lo iba diciendo al principio de esta reseña: La noche de Morgana inventa la literatura desinventando el mundo, el cual sigue siendo nuestro y, sin embargo, resulta nuevo. epz



Fernando Valls (Almería, España, 1954). Desde 1973 ha residido en Barcelona y en Berlín. Es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado numerosos trabajos sobre la narrativa española de las últimas décadas (Juan Eduardo Zúñiga, Ana María Matute, Juan Marsé, Luis Goytisolo, Daniel Sueiro, Luis Mateo Díez, Rafael Chirbes, José María Merino, Juan José Millás, Manuel Longares, Cristina Fernández Cubas, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, etc.), así como sobre algunos de los componentes de la llamada «la otra generación del 27» (Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio y Miguel Mihura). Dirigió la revista literaria Quimera y actualmente es director de las colecciones Reloj de arena y Cristal de cuarzo, de la editorial palentina Menoscuarto, ambas dedicadas en exclusiva a la narrativa breve. En la actualidad, colabora en publicaciones como Ínsula, Clarín, Mercurio y Revista de Occidente. Sus últimos libros son La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual (2003) y El artículo literario. De Francisco Ayala a Javier Cercas (2006).
En 2008 publicó Soplando vidrio, estudio sobre el microrrelato español.

DEL CONFLICTO Y LA VIOLENCIA: LAS ARTES Y SUS PREMIOS

Fernando Valls
Universidad Autónoma de Barcelona

Los ricardos: Benson, Olivier, Stötzner y Pacino

El azar ha hecho que casi coincidan los estrenos en el Festival de Cine de San Sebastián de las películas de Jaime Rosales, Tiro en la cabeza, y Gorka Merchán, La casa de mi padre, ambas sobre la violencia etarra, con la concesión del Premio Real Academia Española a Los peces de la amargura (Tusquets, 2006) del donostiarra Fernando Aramburu. La comisión que le ha otorgado el galardón considera que «los diez relatos utilizan toda la fuerza del lenguaje narrativo y el poder de la ficción para recrear, con intensidad máxima, otras tantas expresiones del sufrimiento humano causado por el terrorismo». Mientras que la película de Jaime Rosales, recibida con división de opiniones, ha conseguido el Premio Fipresci, que concede la Federación de la Crítica Internacional, aunque según la crónica de G. Belinchón, aparecida en el diario El País, con el silencio de los miembros españoles.

Lo indudable es que nunca es sencillo contar el presente, pero me imagino que por eso se dedica uno al cine o a la literatura, para intentar encarar lo complejo de la mejor forma posible. El caso es que tanto los cineastas como el narrador, han tenido la valentía —para empezar— de enfrentarse a un asunto espinoso, que los ha debido obligar a plantearse cómo contar a través de sus lenguajes específicos una historia sobre el terrorismo, donde siempre hay víctimas y verdugos, donde no puede haber ambigüedad moral, ni equidistancia posible, debiendo quedar claro quiénes desempeñan unos papeles y quiénes los otros. En estos casos la debatida ambigüedad juega siempre a favor de los terroristas y sus disciplinados cómplices.

En el Ricardo III, de Shakespeare (me bulle en la cabeza el reciente montaje de Claus Peymann en el Berliner, todavía puede verse, interpretado con sutil maestría por Ernst Stötzner), el contrahecho protagonista, reencarnación física y moral del mal, aduce sus sinrazones con hábil retórica, a la vez que se debate con su conciencia. Pero no por ello quedan menos claras sus culpas, que incluso el mismo personaje reconoce en todo momento. Y claro que el Ricardo de Shakespeare es humano porque si no fuera así, hace siglos que nos hubiéramos olvidado de esta obra. Humanizar a los tiranos en la ficción no los hace mejores, ni menos culpables, sino más complejos y creíbles, más verdaderos. Lo cual no quita que tanto los directores de cine como los espectadores deberían poder distinguir, sin ambigüedad moral alguna, entre víctimas y verdugos. La literatura de los escritores vascos y navarros, en euskera y en castellano, se ha venido ocupando de los efectos que la violencia abertzale (los nacionalistas radicales utilizan el eufemismo conflicto) ha producido en la vida cotidiana de los ciudadanos. Desde Raúl Guerra Garrido, Bernardo Atxaga, y Miguel Sánchez-Ostiz, aduzco unos cuantos nombres, hasta Felipe Juaristi, Ángel García Ronda, Juan Gracia Armendáriz, Francisco Javier Irazoki, Julia Otxoa, Maite Pagazaurtundúa, o Jokin Muñoz. Y no quiero dejar pasar la ocasión sin llamar la atención sobre la calidad de los relatos que componen Bizia lo (2003) (en castellano, Letargo, Alberdania, 2005), del último narrador citado. Pero lo cierto, sin embargo, es que siempre queda la sensación de que sus libros han transcendido menos de lo que debieran y cabía esperar. ¿Acaso puede atribuirse, dicha situación, a que no posean entidad literaria suficiente? No creo que sea éste el verdadero motivo, aunque tampoco resulta fácil dar con él, a menos que se deba a los melifluos gustos de los lectores actuales.

Pero volvamos definitivamente al libro premiado de Aramburu. Quizá sea el primero, dentro de esta materia, en alcanzar un cierto eco, a lo que espero que contribuya también este nuevo reconocimiento, por no insistir en la calidad literaria de sus obras, casi unánimemente consideradas entre las más interesantes surgidas en la última década. El caso es que los cuentos muestran, de manera inequívoca, cómo una parte muy activa de la población, con el silencio cómplice de la otra, ha acosado y convertido en víctimas a todos aquellos que se atrevieron a no acatar el nacionalismo. Pero lo importante estriba, claro está, en su tratamiento literario, ya que el testimonio, siendo trascendente, sólo supone un ingrediente más del conjunto que se nos trasmite. Lo que nos impresiona ahora, en realidad, es la variedad de procedimientos literarios puestos en funcionamiento para interesar y conmover al lector mediante estas historias terroríficas. El problema al que se enfrentaba el autor radicaba en cómo contar el horror, el miedo cotidiano y la marginación de manera verídica, de tal modo que al lector el relato le resultara fidedigno.

De este conjunto compuesto por diez cuentos, sólo voy a detenerme en uno, el que me parece más destacado y le proporciona título al libro. Allí se cuenta las consecuencias que padece una innominada mujer de veintinueve años que iba casarse, víctima casual de un atentado en el que pierde una pierna. En este caso, la elección del punto de vista —es Jesús, el padre de la chica, quien narra— resulta muy significativo. El hombre, recién jubilado, de pocas palabras («mi hija» y «triste», pespuntean el relato, como si de un estribillo se tratara), se refugia en los peces de su acuario casero mientras observa cómo se trunca la vida de su única hija, las acaloradas discusiones que mantiene ésta con su madre (Juani), mujeres ambas de carácter, y la pérdida del novio (Andoni), a quien los padres consideraban el yerno ideal. El acertado final de la pieza, que no desvelaré, apunta a otra víctima del atentado (víctima colateral, lo denominan los canallas), el padre atento y bondadoso, quien seis meses después de la explosión de la bomba, cuando la hija ha regresado a su casa, y se desenvuelve entre la lentitud y la fragilidad propia de su estado, se siente completamente superado por la tragedia.

Estos relatos de Fernando Aramburu, ni ceden a la presión emocional, ni hacen concesiones en lo artístico, pero son también una denuncia del horror y un homenaje a quienes lo padecieron, para que no se olvide en el futuro adónde condujeron los delirios nacionalistas durante estos años en los que una parte de la sociedad vasca vivió en medio de una podredumbre dominada por escorpiones. La decisión de la Real Academia Española, por tanto, amén de arriesgada y valiente, no puede entenderse sino como una apuesta artística, ética y moral, y también política. Así, al menos, la he entendido yo.





Juan Carlos Chirinos

juancarloschirinos.com

Nicolás Melini
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Juan Carlos Méndez Guédez
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Ernesto Pérez Zúñiga

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