Nicolás Melini
Si tuviese que resumir la poesía canaria del siglo XX comenzaría con el poema “Liverpool”, de José María Millares, y tal vez acabara con el joven poeta Melchor López y su “El estilita”; ni lo uno ni lo otro, estoy casi seguro, sería compartido por muchas personas. Pero de emoción estamos hechos, y en mi caso ganaron algunos libritos y plaquettes de poemas hiperbreves, entre los más recientes: “Apócrifos de Catulo”, de Lázaro Santana, “Del amor”, de Luis Feria, o “Viajero Insomne”, de Arturo Maccanti. Por no resultar demasiado selecto, incluiré a Manuel Padorno, especialmente “Desnudo en punta brava”, y a José Carlos Cataño, “En tregua”. Tengo para mí que de haber leído tan sólo estos libros, la poesía canaria me resultaría extraordinaria, inmejorable. Si sólo estos, u otros (cualquiera que fuese el canon) hubiesen conseguido destacarse… Pero es cierto que en las islas no resulta sencillo establecer una jerarquía de calidades. Los medios de comunicación —por torpeza, desinterés o escasez de medios—, no colaboran demasiado al respecto, y el lector debe atreverse él solo a desbrozar el millo de la paja.
Sin embargo, este es otro asunto.
Lo importante es que caigo ahora en la cuenta de la rabiosa modernidad de las obras y los autores antes reseñados —Millares, Feria, Maccanti, Padorno, Cataño, el mismo Melchor López—, y eso es precisamente lo que más me ha llamado la atención de la obra de Pedro García Cabrera. Por ejemplo, el poema 5 de “Transparencias” (libro de 1934).
5viaja el viento
sin equipaje
y sin carnet de identidad.
sólo un pijama de cristal.
y sin recuerdo
de cuando fue sirena de navío,
bocina de automóvil
o suspiro.
blanca mudez total.
kodac ciego. Contraseña
del frío.
por la hondura del agua
huye su entierro.
Son estos los libros de Pedro García Cabrera que más me atraen, aquellos como “Líquenes”, “Transparencias fugadas”, “La rodilla en el agua”, “Dársena con despertadores”, “Entre la guerra y tú”, “Hombros de ausencia”, “Entre cuatro paredes”, “La esperanza me mantiene”.
SOLILOQUIO DE LA MARHoy me acerco a vosotros con tristeza.
El color de madrigal de mi frente,
mi alegría de cabellera despeinada,
no alimentan ocasos violetas
ni pestañas de luto
ni corazones rotos en desvanes.
Heredé de mí misma la costumbre
de estar siempre dispuesta a lo que salga:
el salmón de la luna o el riesgo de la muerte,
la noche del odio o el bandazo del horizonte.
Temo a los que aún no saben amarme,
a los que ponen sus temores
bajo el signo de las lágrimas.
Si de algo os acuso es de haber olvidado
mi rompiente manera de llorar.
Todos estos libros suyos son muestra indiscutible de que Canarias y el poeta están en vanguardia, así como de que éste ha estado en primera línea de influencia de lo que se cuece en poesía. Ha sido deportado al norte de África y, evadido de su cautiverio en un campo de concentración, ha alcanzado Dakar y después España, algo que narra espléndidamente en su única novela corta: “Las fuentes no descansan”, y también en libros de poemas como “Romancero cautivo”. Porque encontramos en él, en su afán poético, la crónica de su tiempo, pero de su tiempo íntimo, del transcurso vital; sobre todo allí donde el desgarro de la expulsión y el confinamiento.
He citado su única novela y no puedo evitar formularme la pregunta: qué hubiese sido del escritor si se hubiera adentrado aún más en el ámbito de la prosa. A su disimulado afán de cronista se suma en este único ejemplo completo de narrativa una capacidad narradora sorprendente. Cuenta con vigor, sin desfallecimiento, hacia delante, con frases precisas y esencialmente narrativas. Sin embargo, en sus últimos tiempos, prefirió la poesía más popular, tan del gusto de sus congéneres; el canto a su tierra. No sé si será exagerado decir que Pedro García Cabrera y su poesía es a las islas —aun salvando las distancias— lo que Whitman y sus “Hojas de hierba” a Norteamérica. No me extrañaría que algunos lo sintieran así.
Poco importa, aunque siempre cabría preguntarse si realmente lo es por su poesía más vanguardista. No obstante, pienso ahora que no nos resultará ajena esta combinación de vanguardia y populismo en un coetáneo de Federico García Lorca y Rafael Alberti, y, en cualquier caso, no es su ubicación en la historiografía literaria en lo que me gustaría profundizar, sino revivir aquí lo que verdaderamente me impresionó de su poesía.
A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.
Domingo Pérez Minik nos recuerda al poeta García Cabrera, aún con pantalón corto, escuchando esta bellísima copla “sin saber muy bien lo que quería decir, pero bien dispuesto desde aquel momento a meter la mano en el agua, hasta encontrar algún día una naranja verde o madura que calmara su sed”.
La primera vez que yo escuché esta copla corría el año de 1991. Tenía, pues, apenas 21 años, y acababa de publicar mis primeros poemas sin tan siquiera alcanzar a comprender la responsabilidad que ello conllevaría. El televisor emitía los apocalípticos discursos de Bush, previos a la guerra de Irak; y en Santa Cruz de La Palma, un pequeño grupo de personas relacionadas con la cultura, encabezadas por la pareja constituida por Antonio Abdo y Pilar Rey, nos citamos en la calle Real, de noche, en vigilia, con unas velas encendidas y unos versos de Pedro García Cabrera para recitar. Era el fruto más directo de aquella copla, que, si no recuerdo mal, los oficiantes habían decidido —con tanto acierto— repetir a modo de letanía entre poema y poema de “La esperanza me mantiene”.
A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.
Una y otra vez:
A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.
Caminábamos juntos con las velas en nuestras manos sobre el empedrado de la calle Real:
A la mar fui por naranjas
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua:
la esperanza me mantiene.
Con los discursos de Bush bien presentes, repitiendo una y otra vez, como una letanía, la copla, al final y al principio de los versos de Pedro García Cabrera de poemas como:
A LA MAR FUI POR LA PAZA Luc Peire y Jenny

Tú, mar,
que dejas en los zapatos de la arena
los más insospechados reyes:
el vientre terso de una mujer redondeando en los callaos
un mundo con escorzos de pan y miel de abeja;
las nerviosas terminaciones de algas y rutas
mesándose los cabellos con soledad de luces de faro;
un trozo de silencio de las profundidades
con la mascarilla de la ahogada frente de un amigo;
el resuelto crucigrama de una estrella de mar;
un monumento de rumores para los que lloran de ira:
la alianza con que el agua
sella los esponsales del color con el cielo,
viviéndose distantes
para recibirse en las posadas nocturnas,
bebiéndose los vientos
y la verde manzana del horizonte prohibido.
Pero no son estas alegrías las que ambiciono hallarme,
no es la botella donde el azar navega a la deriva.
Lo que busco es un sueño de paz y asalmonada luna,
que la luz sea igual para todos los hombres,
y aun para los grillos y las nieves,
para los sembrados y los rascacielos.
Que no se rescate un olmo con arroyos de sangre,
ni se profanen palomas con mensajes de odio,
ni me quemen la casa con ramajes de olivo.
Por las piedras tostándose bajo un sol de justicia,
por la garganta de pájaros de los amaneceres,
por el libro que lee mi hermano antes de acostarse,
por los pastores que cuidan los rebaños,
por las amapolas que guiñan los ojos a los trigos,
por las cacerolas que cuecen las legumbres,
por los frutales que plantó mi padre en Tacoronte,
por los abanicos de la lluvia y el corazón de las hogueras,
por la piel de granizo de mi esposa,
por los caminos que llegan saltando de júbilo a las playas,
por los labios que saludan y los pañuelos de las despedidas,
por la aurora que rompen los niños con el primer juguete,
por los escaparates con el tiempo que anuncian los astrónomos,
por el ladrón que roba su hambre a los demás,
por el alma clavada en la presa del miedo,
por la ceja depilada de un vuelo de golondrina,
por el sello que pego en mi álbum
y la fuente en que duermo,
por la buena memoria de las islas,
por la plaga de olvidos de los continentes, por las
cartas a lápiz que escribe mi primo,
por los que tienen la palabra amarrada en la boca,
quiero hallar en la arena un sueño de naranjas
que sea paz de estrella en los hogares,
paz de mano derecha y de mareas vivas,
paz que nos haga dignos de recoger las mieses,
y de comer las frutas, y de beber el vino.
Una paz que no tema las centallas del crimen,
que no pueda arrancarme de los labios que amo,
que no ponga en mis manos las armas del infierno,
y que no me avergüence de las aguas que cantan,
de las alas que vuelan y de mi propia sombra.
Con la mano en la mar así lo espero.