DENTRO DEL REGRESO

Ernesto Pérez Zúñiga



1
No dejo de mirarlos.
En América alguien habitó la mansión.
No dejo de mirarlos.
Alguien, en efecto, permanecía horas y horas contemplando los retratos de sus antepasados, las escenas de granja y de conquista, los jinetes de los páramos y las minas de oro.
Eso fue hace mucho, mucho tiempo.
Pero yo, después del entierro, me detuve ante la fachada.
Una mujer negra me abrió la puerta y, tras invitarme a una taza vacía en la cocina, me contó la historia de alguien. Luego me llevó hasta un ancho pasillo donde colgaba el retrato, que presidía el resto de los cuadros.

2
La mujer negra untó mis ojos con una pomada de efecto inmediato: me pude internar dentro de mí mismo, aquel lienzo, y del resto de los lienzos, y los perros de caza y los bisontes cobraron vida.
Estreché la mano de aquel tatarabuelo que tenía una cicatriz de cuchillo en la cara, pero no me habló. Cerca de la mina de oro unos niños, que tendrían 150 años, no dudaron en dirigirme la palabra. Los niños todavía no tienen prejuicios, todavía no acumulan malhumor.
Recorrí y recorrí la postpresencia de los antepasados, y supe que yo era un fantasma para ellos tanto como ellos lo eran para mí. Nos fascinamos los unos a los otros, figuras de la muerte o de la vida en plena confusión.
Desde entonces, ha sido la sal de la tierra, sal del agua y, por tanto, sal de los pigmentos, entrar en los cuadros.

3
Sueño que soy la mujer negra. He soñado que yo era aquella guineana grande y hermosa, con los huesos molidos, que cuidaba de mí y me enseñaba a cuidarme de los malos espíritus. Aprendí mal.

4
Aprendo. Desaprendo. Desaprendo y aprendo, preso y libre en los cuadros.
No dejo de mirarlos.