LA VOZ QUE SE DESDOBLA

Juan Carlos Méndez Guédez



La madrileña Editorial Escalera acaba de lanzar al mercado el libro de Silda Cordoliani: La mujer por la ventana. Este es el pequeño prólogo que preparé para esa edición.

Tiempo atrás descubrí que al intentar recordar un cuento de Silda Cordoliani fusionaba imágenes de dos historias distintas. Dos imágenes poderosas que me sumergían en el mutismo, que me hablaban del dolor, de rostros mustios, de mujeres ensimismadas, de hombres en la búsqueda de un nuevo sentido. Sin pretenderlo, aquellas dos narraciones habían establecido dentro de mí una continuidad, un pequeño hilo como el de esas telas de araña que sólo son visibles cuando el sol las roza por instantes.

Ocurre eso cuando la voz de una escritura configura un universo propio. Un universo entretejido, trenzado en la precisión de sus detalles y sus posibles derivaciones. Porque los relatos de Cordoliani saltan como fogonazos que iluminan brevemente un escenario común: personajes que se debaten entre sus frustraciones, sus mínima victorias, sus incertidumbres y certezas; personajes que en este volumen casi siempre son mujeres que hablan de sí mismas o que centran el relato de una mirada que las circunda. Porque Cordoliani hace posible leer a la mujer. Tipos diversos de mujeres que no irrumpen con la monocromía de esa narrativa que se aferra a los tópicos, a los lugares comunes más o menos desfasados de nuestros discursos más obvios.

Este brillante libro consolida en cada uno de sus textos esta idea fundacional. De allí que el primero de sus relatos se abra con una pregunta: una especie de regalo en el que vibran la incertidumbre y la invitación a los lectores para que participen de este universo. Veremos la mujer como posibilidad, no como discurso cerrado. De hecho, este texto inicial, en su asfixiante y deliciosa convocatoria a la incorporación del lector, va desmontando una a una las hipótesis más obvias que el personaje principal pueda evocar en nosotros.

Esa necesidad de reconstruir, de escribir una mujer desde un ámbito profundo configura una narrativa de una movilidad incesante. Eso tal vez explique el relativo desdoblamiento de las voces de muchas de estas historias. Voces que están dentro, que están fuera, que entran y salen con la textura escurridiza del mercurio. Porque esa movilidad permite que la tensión del cuento mantenga su agitada respiración.

Pero no son sólo las voces que nos cuentan estas historias las que se desplazan de uno a otro punto: las situaciones también oscilan; una mujer se mueve entre la llamada del mar y la tibieza de su vida en familia; otra parece establecer un movimiento pendular entre sus dos hijos, o entre la cordura y el horror de una psiquis extraviada. Un hombre duda entre sus deseos más domésticos y la presencia de un enigmático personaje llamado Talud. El territorio de estos relatos se mueve siempre con el delicioso temblor de lo que no acepta la rigidez de una respuesta única.

Cordoliani consigue con estos relatos, que ese renacer que somos cuando entramos en los márgenes del “mundo escrito” al que se refería Ítalo Calvino, suceda como transformación palpable en cada uno de nosotros. Como toda gran literatura, estos cuentos consiguen que seamos alguien diferente al que inició su lectura.

Por todas estas razones, y con cuentos como el fragmentario y brillante: “Recuerdo de París”, una joya construida sobre visiones múltiples en las que el deseo, las omisiones y la memoria construyen sus más contradictorios y complementarios argumentos, Silda Cordoliani se convierte en una oportunidad festiva para que el lector confirme el lugar sólido del que esta escritora goza desde hace años en la narrativa contemporánea de América Latina.