CRISIS (EN UNA PANTALLA TÁCTIL)

Ernesto Pérez Zúñiga



Lo siento: para los escritores las crisis no siempre son económicas, acaso solo y siempre en el fondo.

Asisto en los días pasados a una mesa sobre la literatura y el blog y se dispara el mecanismo de la desazón moderna. Desapareciendo el papel, ¿debo seguir escribiendo del mismo modo?

¿Desaparecerán los editores, humo de un pasado ardido en celulosa? ¿Serán ellos los espectros de la era digital, futuros duendes traviesos de nuestros manuscritos colgados en Internet? Me acuerdo de Jorge Manrique y una vez más me pacifico.

Sobre todo me preocupa nuestra responsabilidad como creadores de nuestro tiempo. Mudados los formatos, hasta qué punto tiene que cambiar nuestro lenguaje.

Imagino enseguida una narración con barcos, que cruzan por la pantalla navegando entre las líneas. Imagino diálogos donde todas las acotaciones descriptivas desaparecen, sustituidas por sonidos grabados en restaurantes, puertas que se cierran, platos rotos. Visualizo una fotografía de Penélope Cruz niña, antes del Oscar, que salta de un vínculo sabiamente colocado al final de una pregunta como la siguiente: “¿Sabes en quién pensaba mientras tomaba a solas un gintonic en el bar?”.

Después, me pongo a leer, me pongo a escribir. Recuerdo la literatura que me gusta: cantada por los antiguos, tintada en los códices, impresa después, flotante en electrones ahora. La literatura hecha de palabras no sé si solitarias, esencialmente palabras que vienen de un lugar de la mente y van a otro lugar de la mente, literatura amada y cambiante, palabras que vuelan dentro de las células antes de ser escritas para ser leídas, creadas en cada época con mejor o peor carácter, literatura que me constituye tanto como la carne y como la sangre.

Entonces, al conocer el límite responsable de la renuncia, el límite de los posibles hallazgos, mi preocupación desaparece. Las posibilidades de expresión del lenguaje escrito seguirán intactas, mejor dicho, se seguirán ampliando. No sustituiré palabras por sonidos ni rugidos. No cambiaré una descripción por una imagen o por un video (a menos que quiera seguir los pasos del viejo Ramón Gómez de la Serna: por qué no, a veces, divertirse con la alquimia de géneros).

Pero, no importa en qué formato pueda publicarse -escribo ahora sobre una pantalla táctil-, mañana voy a escribir una larga novela sólo hecha de palabras.