Alicia Llarena

Maifrén dice que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen. Mientras más lejos, mejor. Y también que no hay nada como un viaje para saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez. Mientras más sitios, mejor. La verdad es que lo noto cambiado después de esa larga itinerancia que es su vida desde hace años; ya no es el mismo, desde luego, pero tampoco puedo decir que sea otro o que sea distinto. Es como si le hubieran quitado todas las capas a una cebolla y sólo quedara el centro, la pura esencia. No por haberse desnudado tanto deja de ser quien es, sino al contrario, sigue siendo una cebolla. De hecho, es la cebolla misma.
Maifrén era muy madrero, eso decían. Aunque cuando yo lo conocí ya había despegado el cascarón de la familia. El trayecto más largo que había hecho hasta entonces se reducía al ancho de la isla, hasta el extremo más alejado de aquel pueblo del sur donde había nacido y al que, de tanto en tanto, regresaba para asistir a entierros, bodas y bautizos, esos ritos parentales que aún lo ataban con la tierra, a pesar de que su vida se había anclado en la capital. A excepción de esos viajes, los únicos que Maifrén se permitía eran los que iniciaba como lector los fines de semana, un lector insistente, casi compulsivo, convencido como estaba de que el universo entero se reducía a las dimensiones de un libro. No frecuentaba bares ni discotecas, apenas tenía relaciones sociales y mucho menos íntimas, era casi sordo a las llamadas del mundo y éste no se extendía más allá de las paredes de su casa.
A un callejero como yo Maifrén le hubiera parecido un tipo insulso, lo bastante como para no sintonizar ni hacer esfuerzos, pero en su extraña rareza anidaba una ingenuidad tan cristalina que acabó por deslumbrarme. A veces creo que aquella inocencia fue como un reto para mi propia perversidad, un desafío a mi larga experiencia de vividor, y enseguida me sentí dispuesto a evangelizarlo, mostrándole mi propio catecismo de antros y galerías nocturnas de mala reputación. Recién llegado al paraíso universitario en la isla de enfrente, y lejos de todo círculo familiar, Maifrén no tardó en seguirme, asomándose con curiosidad a lo que la vida acababa de ofrecerle. Conmigo tuvo su primera experiencia carnal, bueno, quiero decir junto conmigo y no conmigo exactamente; y también su primera resaca después de una penosa borrachera y sus primeros cigarrillos perfumados con hashis. Casi de un golpe, y en cuestión de meses, Maifrén olvidó la literatura y se hundió de lleno en la realidad.
Pero no fue por mucho tiempo, la verdad. Qué más hubiera querido yo que tenerlo a mi vera como un perpetuo compañero de farras. En cuanto empezó a aproximarse el final del curso se puso serio y aunque yo lo intentara no hubo modo de apartarlo de la rutina universitaria. Cierto es que Maifrén no necesitaba demasiado para acumular sus notables en el expediente académico, pues sus años de lector insaciable le habían provisto de un bagaje que ya hubiera querido para sí cualquier aspirante a filólogo. Yo, en cambio, no había sobrepasado aún el primer capítulo de El Quijote y si me hubieran preguntado quién era García Márquez hubiera dicho que algún alumno matriculado que no asistía mucho a clase. Nuestros caminos empezaban a dividirse y yo era incapaz de evitarlo, entristecido por una súbita nostalgia que ni siquiera había previsto. El más listo del barrio parecía haberse contagiado de aquel alma instruida y cándida, como un cazador cazado que al contemplar su pieza se diera cuenta de la banalidad de su aventura, y de la belleza magnífica del animal que yace entre sus manos.
Porque Maifrén era así, un ser que formaba parte de otra estirpe, educado y humano, culto y sensible, espiritual incluso, refinado en modales y exquisito en su pensamiento, transparente como la honestidad y sencillo como el rocío, un dechado de virtudes que nada tenían que ver conmigo. De esto me di cuenta, sobre todo, cuando acabó enamorándose de María, una mujer que le aventajaba en edad y con la que —así me lo confesó textualmente— había descubierto la poesía. Si he de ser sincero, la tarde en que me lo dijo me reí a carcajadas y le solté un rosario de instrucciones, “qué sabes tú de mujeres, Maifrén”, “lo que tienes que hacer es llevártela al huerto, pero ya mismo”, “¿Y mayor que tú?, ¡uf!, ésa lo que quiere es lo que tú y yo sabemos”, “si es que eres un tontaina, déjate de poesía, fragilón, que para eso ya tienes a tus autores favoritos”. Ante esta batería de advertencias lo único que hizo Maifrén fue guardar silencio y mirarme como se mira a quien se da por imposible. En cambio yo me arrepentí de mis palabras. Y sentí envidia, no sólo porque a mí jamás se me encenderían los ojos como se le habían encendido a Maifrén, llenos de luz, radiantes e infinitos, sino porque la única verdad en todo esto es que el más listo del barrio sólo era un tonto incapaz de amar, un frívolo divertido que, en el fondo, quizás no nadaría nunca en el misterio abundante de una mujer.
Con todo, la amistad entre Maifrén y yo siguió adelante. Él siempre me agradeció que lo sacara de la letra impresa y lo llevara hacia el alfabeto del mundo, o que le convirtiera la narrativa en novela, como él decía. Nunca olvidé su frase preferida, la que aún tengo clavada con chinchetas a la entrada de la casa: “Para leer ya tengo libros, para vivir, el universo entero”. Y tampoco, claro, las cosas que él me enseñó a mí, y las que aprendo todavía cada vez que hablamos por teléfono. A día de hoy, el único pero que le pongo a vivir en este archipiélago es ése, que Maifrén me queda lejos, justo en la isla de enfrente, a hora y media de barco o a treinta minutos de avión, poco tiempo pero un océano profundo de por medio, el suficiente como para separarnos durante meses y a veces durante años, liados como estamos siempre entre sus ocupaciones y las mías. Yo sólo puedo cruzar el charco entre semana, y sólo en temporadas bajas, es lo que tiene trabajar en la hostelería. Y él sólo puede cuando puede, o sea, si no está en algún lugar del planeta dando cursos o conferencias, o firmando autógrafos en las campañas de promoción de sus libros de ensayos. “Una vida muy agitada pero interesante”, me dice a menudo, “no sabes tú lo que he aprendido y cómo se ven las islas desde lejos”.
Ésa es una de las cosas que me fascinan de Maifrén. No me refiero a sus éxitos, que son muchos, sino a la visión que ahora tiene del mundo. Parece mentira, el que no había salido de las cuatro paredes de su casa le da lecciones al más listo, y qué lecciones, con esa hondura que le da su inteligencia, y esa gracia que tiene para contar las cosas, y esa mezcla de erudición y mundología. A mí me encanta especialmente cuando regresa de sus viajes y se muere de la risa contando anécdotas, porque a menudo me ponen en mi sitio, a mí que no he salido aún de este archipiélago y ando siempre con el lamento bajo el brazo, renegando de todo como si no viviera en el paraíso. La vez que fue a Girona, por ejemplo, me llamó desde allí mismo. A Maifrén siempre le pasan cosas raras en sus viajes, aunque yo creo que las cosas lo buscan porque él si sabe apreciarlas. En plena calle principal se encontró con un grupo de isleñas, funcionarias de la administración pública que se habían desplazado a la península para uno de esos cursos de actualización voluntarios. “¿Pero esto es Girona?” —gritaba una de ellas—, “yo creía que era otra cosa”. “Perdón ¿Y usted qué esperaba?”, le preguntó Maifrén. “Pues no sé, otra cosa, más grande, con más vida, con más marcha, qué se yo, pero si esto es menos que Las Palmas”. “¿Y qué creía que iba a encontrarse?”, insistió él. “Es que como toda la vida he oído decir Girona y Girona y Girona,…yo pensé que en la península todo era más grande”. Tiene razón Maifrén, hay que ver cómo se sobredimensionan las cosas desde esta orilla, “por eso hay que salir”, me dice siempre, “mientras más viajes más querrás a tu perro”. Por supuesto, yo fui incapaz de decirle que, de haber estado allí, habría reaccionado igual que aquella muchacha.
Maifrén es un todoterreno, tanto le da Estambul como Ámsterdam, Cádiz como Orense, Europa como África, aunque es verdad que siente debilidad por América, “América la latina”, puntualiza. En todas partes encuentra cosas interesantes, motivos para volver a los lugares que visita y, más que nada, motivos para amar el lugar donde vive. Cada vez que regresa y me cuenta, con ese apasionado acento que pone en relatar lo vivido, siempre pienso lo mismo, que me gustaría ver el mundo a través de sus ojos, qué paradoja, él que empezó a ver el mundo a través de los míos. Sólo hay pequeñas cosas que lo incomodan, cosas poco importantes, pero muy significativas según su punto de vista. Y yo que lo conozco bien sé que su perspectiva no es la de cualquiera, nunca he conocido a nadie con esa vista de halcón, tan perspicaz para sacar petróleo de un mínimo detalle, ni con esos ojos de águila para apreciar lo cotidiano desde una altura casi metafísica.
Me explico, Maifrén dice que el mundo está pasando por un cambio tan radical que los flujos migratorios cambiarán el rostro de las ciudades y del planeta en cuestión de décadas, tal vez menos. Y debe ser cierto, porque aquí llegan pateras ilegales a mansalva y eso sin contar con los que entran en toda regla y luego se instalan en la isla. Yo que trabajo en la hostelería lo sé mejor que nadie, que casi todos mis compañeros son de Ecuador o de Colombia y ya hasta me cuesta encontrar mi propio acento. Sin embargo, a Maifrén le indigna que a pesar de todo la gente se muestre arisca y hasta grosera con este asunto. Creo que no lo dice sólo por esas acaloradas declaraciones que se escuchan cada día en los bares o en las mesas de cualquier cafetería, palabras llenas de xenofobia que intentan poner freno a la avalancha de inmigrantes. Maifrén lo dice porque además lo vive en carne propia, y en su propio país, que es lo más grave. No les he dicho que mi amigo tiene la piel morena y un cabello tan negro y unas facciones tan sureñas que fuera de aquí bien podría pasar por un árabe o un americano de “América, la latina”. Y que en cuanto llega a Madrid, sin ir más lejos, con ese acento seseante que tenemos los isleños, tiene que andar explicándose a cada paso, “que soy español, hombre, de las islas Canarias”. “No te imaginas —me dice— lo desagradable que resultan las malas caras que me ponen cuando se piensan que soy de fuera”. Debe de ser triste, sí, que no te reconozcan en tu casa. Y parece que a los de aquí nos tocó el muerto, porque yo por lo menos, que no he salido nunca, sé distinguir perfectamente a un andaluz de un gallego.
Ahora que lo pienso, por eso debe ser que a Maifrén le gusta tanto viajar a “América, la latina”. Yo suponía que es por la música, porque le encantan los boleros, y los mariachis ya ni les cuento, y los tangos y la música brasileña y los ritmos caribeños. Y porque si le ponen delante una tortilla de maíz o unos tostones, un arroz congrí o un chile en nogada se vuelve loco, que no sé ya ni cuántas recetas me ha enviado por email para que las pruebe. Pero no, debe ser porque allá los isleños parecemos del país y entre el idioma y el acento es como si uno estuviera en casa. Bueno, también lo otro y todo lo demás, los novelistas y los poetas, las ciudades coloniales, la belleza del paisaje o el carácter de la gente, pero por encima de todo debe gustarle el hecho de sentirse semejante. Debe ser cómodo estar tan lejos y sentirse cerca.
Aunque no siempre resulta tan agradable, “que no todo es blanco o negro”, como me dice Maifrén a cada rato. “Con lo que a mí me gusta México —me contó la última vez— y mira si no habré ido un montón de veces y todavía no me acostumbro a que me traten como a un gachupín, un español, vamos, para que me entiendas”. Pues aviados estamos entonces, pensé para mí, si en Madrid te hacen ascos por latino y en “América, la latina” por ser de este país. A fin de cuentas, voy a acabar pensando que sí, que sería bueno que haya un poquito de todo en cualquier parte hasta mezclarnos por completo, que la política y los discursos están muy bien pero lo que contagia es la realidad. Como los chinos, que empezaron a caerme en gracia cuando probé el cerdo agridulce. O como los libaneses del Oriente Próximo, a los que dejé de mirar de reojo después de comer tabbule, con lo que a mí me gusta el sabor intenso del perejil. ¿No dicen que a los hombres se nos conquista por el estómago? Bien mirado, a los que, como yo, no salimos del terruño, nos vendría bien que vinieran los demás, de todas partes, para vivir en carne propia lo que dice Maifrén, que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen y saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez.

Maifrén dice que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen. Mientras más lejos, mejor. Y también que no hay nada como un viaje para saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez. Mientras más sitios, mejor. La verdad es que lo noto cambiado después de esa larga itinerancia que es su vida desde hace años; ya no es el mismo, desde luego, pero tampoco puedo decir que sea otro o que sea distinto. Es como si le hubieran quitado todas las capas a una cebolla y sólo quedara el centro, la pura esencia. No por haberse desnudado tanto deja de ser quien es, sino al contrario, sigue siendo una cebolla. De hecho, es la cebolla misma.
Maifrén era muy madrero, eso decían. Aunque cuando yo lo conocí ya había despegado el cascarón de la familia. El trayecto más largo que había hecho hasta entonces se reducía al ancho de la isla, hasta el extremo más alejado de aquel pueblo del sur donde había nacido y al que, de tanto en tanto, regresaba para asistir a entierros, bodas y bautizos, esos ritos parentales que aún lo ataban con la tierra, a pesar de que su vida se había anclado en la capital. A excepción de esos viajes, los únicos que Maifrén se permitía eran los que iniciaba como lector los fines de semana, un lector insistente, casi compulsivo, convencido como estaba de que el universo entero se reducía a las dimensiones de un libro. No frecuentaba bares ni discotecas, apenas tenía relaciones sociales y mucho menos íntimas, era casi sordo a las llamadas del mundo y éste no se extendía más allá de las paredes de su casa.
A un callejero como yo Maifrén le hubiera parecido un tipo insulso, lo bastante como para no sintonizar ni hacer esfuerzos, pero en su extraña rareza anidaba una ingenuidad tan cristalina que acabó por deslumbrarme. A veces creo que aquella inocencia fue como un reto para mi propia perversidad, un desafío a mi larga experiencia de vividor, y enseguida me sentí dispuesto a evangelizarlo, mostrándole mi propio catecismo de antros y galerías nocturnas de mala reputación. Recién llegado al paraíso universitario en la isla de enfrente, y lejos de todo círculo familiar, Maifrén no tardó en seguirme, asomándose con curiosidad a lo que la vida acababa de ofrecerle. Conmigo tuvo su primera experiencia carnal, bueno, quiero decir junto conmigo y no conmigo exactamente; y también su primera resaca después de una penosa borrachera y sus primeros cigarrillos perfumados con hashis. Casi de un golpe, y en cuestión de meses, Maifrén olvidó la literatura y se hundió de lleno en la realidad.
Pero no fue por mucho tiempo, la verdad. Qué más hubiera querido yo que tenerlo a mi vera como un perpetuo compañero de farras. En cuanto empezó a aproximarse el final del curso se puso serio y aunque yo lo intentara no hubo modo de apartarlo de la rutina universitaria. Cierto es que Maifrén no necesitaba demasiado para acumular sus notables en el expediente académico, pues sus años de lector insaciable le habían provisto de un bagaje que ya hubiera querido para sí cualquier aspirante a filólogo. Yo, en cambio, no había sobrepasado aún el primer capítulo de El Quijote y si me hubieran preguntado quién era García Márquez hubiera dicho que algún alumno matriculado que no asistía mucho a clase. Nuestros caminos empezaban a dividirse y yo era incapaz de evitarlo, entristecido por una súbita nostalgia que ni siquiera había previsto. El más listo del barrio parecía haberse contagiado de aquel alma instruida y cándida, como un cazador cazado que al contemplar su pieza se diera cuenta de la banalidad de su aventura, y de la belleza magnífica del animal que yace entre sus manos.
Porque Maifrén era así, un ser que formaba parte de otra estirpe, educado y humano, culto y sensible, espiritual incluso, refinado en modales y exquisito en su pensamiento, transparente como la honestidad y sencillo como el rocío, un dechado de virtudes que nada tenían que ver conmigo. De esto me di cuenta, sobre todo, cuando acabó enamorándose de María, una mujer que le aventajaba en edad y con la que —así me lo confesó textualmente— había descubierto la poesía. Si he de ser sincero, la tarde en que me lo dijo me reí a carcajadas y le solté un rosario de instrucciones, “qué sabes tú de mujeres, Maifrén”, “lo que tienes que hacer es llevártela al huerto, pero ya mismo”, “¿Y mayor que tú?, ¡uf!, ésa lo que quiere es lo que tú y yo sabemos”, “si es que eres un tontaina, déjate de poesía, fragilón, que para eso ya tienes a tus autores favoritos”. Ante esta batería de advertencias lo único que hizo Maifrén fue guardar silencio y mirarme como se mira a quien se da por imposible. En cambio yo me arrepentí de mis palabras. Y sentí envidia, no sólo porque a mí jamás se me encenderían los ojos como se le habían encendido a Maifrén, llenos de luz, radiantes e infinitos, sino porque la única verdad en todo esto es que el más listo del barrio sólo era un tonto incapaz de amar, un frívolo divertido que, en el fondo, quizás no nadaría nunca en el misterio abundante de una mujer.
Con todo, la amistad entre Maifrén y yo siguió adelante. Él siempre me agradeció que lo sacara de la letra impresa y lo llevara hacia el alfabeto del mundo, o que le convirtiera la narrativa en novela, como él decía. Nunca olvidé su frase preferida, la que aún tengo clavada con chinchetas a la entrada de la casa: “Para leer ya tengo libros, para vivir, el universo entero”. Y tampoco, claro, las cosas que él me enseñó a mí, y las que aprendo todavía cada vez que hablamos por teléfono. A día de hoy, el único pero que le pongo a vivir en este archipiélago es ése, que Maifrén me queda lejos, justo en la isla de enfrente, a hora y media de barco o a treinta minutos de avión, poco tiempo pero un océano profundo de por medio, el suficiente como para separarnos durante meses y a veces durante años, liados como estamos siempre entre sus ocupaciones y las mías. Yo sólo puedo cruzar el charco entre semana, y sólo en temporadas bajas, es lo que tiene trabajar en la hostelería. Y él sólo puede cuando puede, o sea, si no está en algún lugar del planeta dando cursos o conferencias, o firmando autógrafos en las campañas de promoción de sus libros de ensayos. “Una vida muy agitada pero interesante”, me dice a menudo, “no sabes tú lo que he aprendido y cómo se ven las islas desde lejos”.
Ésa es una de las cosas que me fascinan de Maifrén. No me refiero a sus éxitos, que son muchos, sino a la visión que ahora tiene del mundo. Parece mentira, el que no había salido de las cuatro paredes de su casa le da lecciones al más listo, y qué lecciones, con esa hondura que le da su inteligencia, y esa gracia que tiene para contar las cosas, y esa mezcla de erudición y mundología. A mí me encanta especialmente cuando regresa de sus viajes y se muere de la risa contando anécdotas, porque a menudo me ponen en mi sitio, a mí que no he salido aún de este archipiélago y ando siempre con el lamento bajo el brazo, renegando de todo como si no viviera en el paraíso. La vez que fue a Girona, por ejemplo, me llamó desde allí mismo. A Maifrén siempre le pasan cosas raras en sus viajes, aunque yo creo que las cosas lo buscan porque él si sabe apreciarlas. En plena calle principal se encontró con un grupo de isleñas, funcionarias de la administración pública que se habían desplazado a la península para uno de esos cursos de actualización voluntarios. “¿Pero esto es Girona?” —gritaba una de ellas—, “yo creía que era otra cosa”. “Perdón ¿Y usted qué esperaba?”, le preguntó Maifrén. “Pues no sé, otra cosa, más grande, con más vida, con más marcha, qué se yo, pero si esto es menos que Las Palmas”. “¿Y qué creía que iba a encontrarse?”, insistió él. “Es que como toda la vida he oído decir Girona y Girona y Girona,…yo pensé que en la península todo era más grande”. Tiene razón Maifrén, hay que ver cómo se sobredimensionan las cosas desde esta orilla, “por eso hay que salir”, me dice siempre, “mientras más viajes más querrás a tu perro”. Por supuesto, yo fui incapaz de decirle que, de haber estado allí, habría reaccionado igual que aquella muchacha.
Maifrén es un todoterreno, tanto le da Estambul como Ámsterdam, Cádiz como Orense, Europa como África, aunque es verdad que siente debilidad por América, “América la latina”, puntualiza. En todas partes encuentra cosas interesantes, motivos para volver a los lugares que visita y, más que nada, motivos para amar el lugar donde vive. Cada vez que regresa y me cuenta, con ese apasionado acento que pone en relatar lo vivido, siempre pienso lo mismo, que me gustaría ver el mundo a través de sus ojos, qué paradoja, él que empezó a ver el mundo a través de los míos. Sólo hay pequeñas cosas que lo incomodan, cosas poco importantes, pero muy significativas según su punto de vista. Y yo que lo conozco bien sé que su perspectiva no es la de cualquiera, nunca he conocido a nadie con esa vista de halcón, tan perspicaz para sacar petróleo de un mínimo detalle, ni con esos ojos de águila para apreciar lo cotidiano desde una altura casi metafísica.
Me explico, Maifrén dice que el mundo está pasando por un cambio tan radical que los flujos migratorios cambiarán el rostro de las ciudades y del planeta en cuestión de décadas, tal vez menos. Y debe ser cierto, porque aquí llegan pateras ilegales a mansalva y eso sin contar con los que entran en toda regla y luego se instalan en la isla. Yo que trabajo en la hostelería lo sé mejor que nadie, que casi todos mis compañeros son de Ecuador o de Colombia y ya hasta me cuesta encontrar mi propio acento. Sin embargo, a Maifrén le indigna que a pesar de todo la gente se muestre arisca y hasta grosera con este asunto. Creo que no lo dice sólo por esas acaloradas declaraciones que se escuchan cada día en los bares o en las mesas de cualquier cafetería, palabras llenas de xenofobia que intentan poner freno a la avalancha de inmigrantes. Maifrén lo dice porque además lo vive en carne propia, y en su propio país, que es lo más grave. No les he dicho que mi amigo tiene la piel morena y un cabello tan negro y unas facciones tan sureñas que fuera de aquí bien podría pasar por un árabe o un americano de “América, la latina”. Y que en cuanto llega a Madrid, sin ir más lejos, con ese acento seseante que tenemos los isleños, tiene que andar explicándose a cada paso, “que soy español, hombre, de las islas Canarias”. “No te imaginas —me dice— lo desagradable que resultan las malas caras que me ponen cuando se piensan que soy de fuera”. Debe de ser triste, sí, que no te reconozcan en tu casa. Y parece que a los de aquí nos tocó el muerto, porque yo por lo menos, que no he salido nunca, sé distinguir perfectamente a un andaluz de un gallego.
Ahora que lo pienso, por eso debe ser que a Maifrén le gusta tanto viajar a “América, la latina”. Yo suponía que es por la música, porque le encantan los boleros, y los mariachis ya ni les cuento, y los tangos y la música brasileña y los ritmos caribeños. Y porque si le ponen delante una tortilla de maíz o unos tostones, un arroz congrí o un chile en nogada se vuelve loco, que no sé ya ni cuántas recetas me ha enviado por email para que las pruebe. Pero no, debe ser porque allá los isleños parecemos del país y entre el idioma y el acento es como si uno estuviera en casa. Bueno, también lo otro y todo lo demás, los novelistas y los poetas, las ciudades coloniales, la belleza del paisaje o el carácter de la gente, pero por encima de todo debe gustarle el hecho de sentirse semejante. Debe ser cómodo estar tan lejos y sentirse cerca.
Aunque no siempre resulta tan agradable, “que no todo es blanco o negro”, como me dice Maifrén a cada rato. “Con lo que a mí me gusta México —me contó la última vez— y mira si no habré ido un montón de veces y todavía no me acostumbro a que me traten como a un gachupín, un español, vamos, para que me entiendas”. Pues aviados estamos entonces, pensé para mí, si en Madrid te hacen ascos por latino y en “América, la latina” por ser de este país. A fin de cuentas, voy a acabar pensando que sí, que sería bueno que haya un poquito de todo en cualquier parte hasta mezclarnos por completo, que la política y los discursos están muy bien pero lo que contagia es la realidad. Como los chinos, que empezaron a caerme en gracia cuando probé el cerdo agridulce. O como los libaneses del Oriente Próximo, a los que dejé de mirar de reojo después de comer tabbule, con lo que a mí me gusta el sabor intenso del perejil. ¿No dicen que a los hombres se nos conquista por el estómago? Bien mirado, a los que, como yo, no salimos del terruño, nos vendría bien que vinieran los demás, de todas partes, para vivir en carne propia lo que dice Maifrén, que no hay nada como un viaje para volver hacia el origen y saber que no se es de ninguna parte y se es de todas a la vez.